Roma tardó 200 años en unificar a todos los pueblos de la península bajo la misma lengua, la misma ley y la misma religión.
Las azadas y arados de madera que usaban los pueblos peninsulares fueron sustituidos por azadas y arados de hierro o de bronce y se dio un gran impulso a la agricultura. En Roma eran muy apreciados los productos de Hispania. Los higos, las cerezas, las ciruelas, las bellotas, la miel, las aceitunas y el vino de la Bética y la Lusitania tenían fama de ser los mejores del Imperio y se exportaban a la capital.
La ciudad de Mérida se fundó en el año 25 a. de C. para descanso de los legionarios que se retiraban del ejército por edad (los eméritos). A cada soldado se le entregaba un terreno de cuatro yugadas y se les concedió derecho a pastos para su ganado en las dehesas.
La ciudad se construyó fuertemente amurallada y con cuatro puertas de acceso. Llegó a tener 15.000 vecinos.
Para gobernarla había nombrados distintos funcionarios: los ediles vigilaban el orden de las calles y mercados; Los cuestores se encargaban de recaudar los impuestos; y los magistrados administraban justicia. Además, para evitar posibles abusos de todos estos funcionarios, había un Defensor del Pueblo.
Situada junto al río Guadiana, Augusta Emérita fue un importante nudo de comunicaciones dentro de Hispania. Desde ella salían un gran número de calzadas que la unían con las principales ciudades. La Vía de la Plata la unía con Itálica en el sur y con Astorga en el norte. Hacía Toledo partían dos calzadas, una por Trujillo y otra, más al sur, por Medellín. Por último, otra vía la comunicaba con Lisboa, en el oeste.
A semejanza de la capital del Imperio, Roma, Mérida disponía de lugares para el ocio de sus ciudadanos.
Su teatro fue uno de los mejores. Construido con grandes piedras forradas de mármol, en él se representaban grandes obras de teatro. En el siglo XVII los sillares de las gradas se arrancaron para reconstruir el puente destrozado por una crecida del Guadiana.
Al lado del teatro se levantó el anfiteatro, donde los gladiadores peleaban hasta la muerte del rival o se enfrentaban a leones traídos desde África.
En las afueras de la ciudad se levantó el circo o hipódromo, grandiosa construcción para las carreras de carros a las que los emeritenses eran grandes aficionados. Cada carrera constaba de siete vueltas a dar alrededor de la espina que dividía la pista longitudinalmente. Uno de los grandes aurigas emeritenses fue Diocles, vencedor en mil cuatrocientas sesenta y dos carreras y que se retiró rico y famoso a los cuarenta años.
Mérida
Roma tardó 200 años en unificar a todos los pueblos de la península bajo la misma lengua, la misma ley y la misma religión.
Las azadas y arados de madera que usaban los pueblos peninsulares fueron sustituidos por azadas y arados de hierro o de bronce y se dio un gran impulso a la agricultura. En Roma eran muy apreciados los productos de Hispania. Los higos, las cerezas, las ciruelas, las bellotas, la miel, las aceitunas y el vino de la Bética y la Lusitania tenían fama de ser los mejores del Imperio y se exportaban a la capital.
La ciudad de Mérida se fundó en el año 25 a. de C. para descanso de los legionarios que se retiraban del ejército por edad (los eméritos). A cada soldado se le entregaba un terreno de cuatro yugadas y se les concedió derecho a pastos para su ganado en las dehesas.
La ciudad se construyó fuertemente amurallada y con cuatro puertas de acceso. Llegó a tener 15.000 vecinos.
Para gobernarla había nombrados distintos funcionarios: los ediles vigilaban el orden de las calles y mercados; Los cuestores se encargaban de recaudar los impuestos; y los magistrados administraban justicia. Además, para evitar posibles abusos de todos estos funcionarios, había un Defensor del Pueblo.
Situada junto al río Guadiana, Augusta Emérita fue un importante nudo de comunicaciones dentro de Hispania. Desde ella salían un gran número de calzadas que la unían con las principales ciudades. La Vía de la Plata la unía con Itálica en el sur y con Astorga en el norte. Hacía Toledo partían dos calzadas, una por Trujillo y otra, más al sur, por Medellín. Por último, otra vía la comunicaba con Lisboa, en el oeste.
A semejanza de la capital del Imperio, Roma, Mérida disponía de lugares para el ocio de sus ciudadanos.
Su teatro fue uno de los mejores. Construido con grandes piedras forradas de mármol, en él se representaban grandes obras de teatro. En el siglo XVII los sillares de las gradas se arrancaron para reconstruir el puente destrozado por una crecida del Guadiana.
Al lado del teatro se levantó el anfiteatro, donde los gladiadores peleaban hasta la muerte del rival o se enfrentaban a leones traídos desde África.
En las afueras de la ciudad se levantó el circo o hipódromo, grandiosa construcción para las carreras de carros a las que los emeritenses eran grandes aficionados. Cada carrera constaba de siete vueltas a dar alrededor de la espina que dividía la pista longitudinalmente. Uno de los grandes aurigas emeritenses fue Diocles, vencedor en mil cuatrocientas sesenta y dos carreras y que se retiró rico y famoso a los cuarenta años.